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El síndrome metabólico o síndrome de insulinorresistencia (consistente en una agrupación de diversos trastornos: obesidad abdominal, triglicéridos elevados, colesterol HDL bajo, hipertensión arterial y niveles de glucosa en ayunas elevados) representa un conjunto de factores de riesgo que aumentan drásticamente la probabilidad de padecer una enfermedad cardiovascular o diabetes mellitus en el futuro, y es una de las dianas de tratamiento mediante nutrición más atractivas, debido a la altísima eficacia de estos protocolos. Sin embargo, todos sabemos que existen numerosas formas de «ponerse a dieta» y/o «modificar los estilos de vida», y no es ningún secreto que los consejos tradicionales para paliar el síndrome metabólico no funcionan —o, mejor dicho, no son sostenibles a largo plazo en el «mundo real»—, dejando al paciente con cansancio, hambre, en un eterno ciclo de pérdida y ganancia de peso, hasta que no le queda más remedio que tirar la toalla. ¿Es su culpa? Por supuesto que no: si lo que pretendemos es ayudar a una persona a mejorar su salud metabólica, no deberíamos pedir que se haga daño a sí misma en el proceso, repitiendo como loros consejos dietéticos («menos comida, más ejercicio») que claramente no cumplen su propósito. No se adaptan a la realidad biológica del cuerpo humano, no satisfacen sus necesidades. ¿Correr maratones como un ratón enjaulado, en frío y lluvia, antes de que salga el sol? ¿Eliminar todas las grasas? ¿Restringir calorías durante el resto de tu vida? Lógicamente, eso no es posible: no tiene sentido desde el punto de vista evolutivo y, por eso, el cuerpo combate las mejores intenciones de quienes deciden perder peso o limitar meramente la ingesta calórica —convirtiendo la alimentación en matemáticas— con hambre, irritación y malestar. Si estás cansado de este vicioso ciclo, ven a probar algo nuevo. No podemos hacer promesas generales, lógicamente, pero te damos nuestra palabra de que haremos todo cuanto esté en nuestra mano para que recuperes tu salud poco a poco sin sensación de hambre, y nos comprometemos a interrumpir el protocolo nutricional si crees que no estás obteniendo los resultados de salud esperados. En la civilización occidental se ha ido aceptando la expectativa de un declive inevitable de la salud a partir de cierta edad, pero eso no tiene por qué ser así: todos conocemos a personas que lucen una juventud extraordinaria a pesar de los «años» acumulados. ¿Por qué ser diferente a ellos? El tiempo solamente se reduce a eso: tiempo, una unidad de medida cronológica; lo que realmente importa es el «daño» somático infligido, el deterioro celular acumulado, los defectos irreparables en nuestra maquinaria bioquímica. No existen «maldiciones genéticas», simplemente desajustes entre lo que nuestro organismo nos solicita y la pésima e infinitesimal —admitámoslo— calidad de los alimentos que nos ofrece la industria alimentaria actual. En otros países económicamente pudientes y con una elevada calidad de vida, como Japón, las tasas de obesidad se mantienen por debajo de 3.5%, mientras que en España se sitúan alrededor del 25% (estimaciones generales y generosas; conforme aumenta la edad de la población estudiada, las cifras se disparan, y el sobrepeso, igualmente perjudicial que la obesidad, es superior al 40%). ¿Por qué? Por el respeto al «alimento» como unidad de construcción corporal, pedestal y soporte fundamental de nuestra salud: nutriente, primero; con moderación, después; y manjar, en último pero esencial lugar. ¿En nuestro país? Entramos en el supermercado: nos saluda el pan y la bollería —se vende muy bien, pues aprovecha los receptores de dopamina y los circuitos de recompensa de tu cerebro, arrebatándote el control, pero, para tu cuerpo, es glucosa concentrada; bioquímicamente, la glucosa es energía sobrante, no una unidad molecular de edificación—, productos lácteos —con azúcar añadido, por supuesto, en caso de que todavía te falte—, refrescos azucarados, platos precocinados —sin comentarios—… Casi todos los productos son solamente «energía», pero tu cuerpo te pide «nutrición», y por eso tienes hambre; vuelves a entrar en la tienda, pasas por caja y, tras unas horas, vuelves a tener hambre, entras en la tienda, te despides de tu dinero… No insistimos más, creemos que te haces una idea. No pierdas irreversiblemente tu salud porque las grandes multinacionales de producción alimentaria deseen ahorrar en costes. No pierdas tu salud simplemente porque pienses que no hay otra alternativa: la hay. Tus ancestros estaban vitales, libres de enfermedad cardiovascular, obesidad, hipertensión y diabetes. ¿Por qué? ¿Qué ha cambiado? El entorno en el que vivimos. La forma en la que nos alimentamos; recuerda, al ser una actividad absolutamente necesaria e indispensable para sobrevivir, todos debemos consumir alimentos. No se trata de una opción, por tanto, y tampoco lo ha sido para nuestros ancestros, a pesar de que mantenían un estado de salud óptimo y nosotros no. En NeoVitalitas te asesoraremos para que puedas tomar nuevamente las riendas de tu alimentación. Contacta con nosotros y descubre que, dentro de este egoísta sistema mercantil, diseñado exclusivamente para vender alimentos y obtener recompensa económica sin contemplación alguna por tu salud, sí existe una opción: la de elegir por ti mismo los componentes que se incorporarán a tu cuerpo y los que no, la decisión de vivir tu propia vida, lleno de energía y vitalidad.
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El síndrome metabólico o síndrome de insulinorresistencia (consistente en una agrupación de diversos trastornos: obesidad abdominal, triglicéridos elevados, colesterol HDL bajo, hipertensión arterial y niveles de glucosa en ayunas elevados) representa un conjunto de factores de riesgo que aumentan drásticamente la probabilidad de padecer una enfermedad cardiovascular o diabetes mellitus en el futuro, y es una de las dianas de tratamiento mediante nutrición más atractivas, debido a la altísima eficacia de estos protocolos. Sin embargo, todos sabemos que existen numerosas formas de «ponerse a dieta» y/o «modificar los estilos de vida», y no es ningún secreto que los consejos tradicionales para paliar el síndrome metabólico no funcionan —o, mejor dicho, no son sostenibles a largo plazo en el «mundo real»—, dejando al paciente con cansancio, hambre, en un eterno ciclo de pérdida y ganancia de peso, hasta que no le queda más remedio que tirar la toalla. ¿Es su culpa? Por supuesto que no: si lo que pretendemos es ayudar a una persona a mejorar su salud metabólica, no deberíamos pedir que se haga daño a sí misma en el proceso, repitiendo como loros consejos dietéticos («menos comida, más ejercicio») que claramente no cumplen su propósito. No se adaptan a la realidad biológica del cuerpo humano, no satisfacen sus necesidades. ¿Correr maratones como un ratón enjaulado, en frío y lluvia, antes de que salga el sol? ¿Eliminar todas las grasas? ¿Restringir calorías durante el resto de tu vida? Lógicamente, eso no es posible: no tiene sentido desde el punto de vista evolutivo y, por eso, el cuerpo combate las mejores intenciones de quienes deciden perder peso o limitar meramente la ingesta calórica —convirtiendo la alimentación en matemáticas— con hambre, irritación y malestar. Si estás cansado de este vicioso ciclo, ven a probar algo nuevo. No podemos hacer promesas generales, lógicamente, pero te damos nuestra palabra de que haremos todo cuanto esté en nuestra mano para que recuperes tu salud poco a poco sin sensación de hambre, y nos comprometemos a interrumpir el protocolo nutricional si crees que no estás obteniendo los resultados de salud esperados. En la civilización occidental se ha ido aceptando la expectativa de un declive inevitable de la salud a partir de cierta edad, pero eso no tiene por qué ser así: todos conocemos a personas que lucen una juventud extraordinaria a pesar de los «años» acumulados. ¿Por qué ser diferente a ellos? El tiempo solamente se reduce a eso: tiempo, una unidad de medida cronológica; lo que realmente importa es el «daño» somático infligido, el deterioro celular acumulado, los defectos irreparables en nuestra maquinaria bioquímica. No existen «maldiciones genéticas», simplemente desajustes entre lo que nuestro organismo nos solicita y la pésima e infinitesimal —admitámoslo— calidad de los alimentos que nos ofrece la industria alimentaria actual. En otros países económicamente pudientes y con una elevada calidad de vida, como Japón, las tasas de obesidad se mantienen por debajo de 3.5%, mientras que en España se sitúan alrededor del 25% (estimaciones generales y generosas; conforme aumenta la edad de la población estudiada, las cifras se disparan, y el sobrepeso, igualmente perjudicial que la obesidad, es superior al 40%). ¿Por qué? Por el respeto al «alimento» como unidad de construcción corporal, pedestal y soporte fundamental de nuestra salud: nutriente, primero; con moderación, después; y manjar, en último pero esencial lugar. ¿En nuestro país? Entramos en el supermercado: nos saluda el pan y la bollería —se vende muy bien, pues aprovecha los receptores de dopamina y los circuitos de recompensa de tu cerebro, arrebatándote el control, pero, para tu cuerpo, es glucosa concentrada; bioquímicamente, la glucosa es energía sobrante, no una unidad molecular de edificación—, productos lácteos —con azúcar añadido, por supuesto, en caso de que todavía te falte—, refrescos azucarados, platos precocinados —sin comentarios—… Casi todos los productos son solamente «energía», pero tu cuerpo te pide «nutrición», y por eso tienes hambre; vuelves a entrar en la tienda, pasas por caja y, tras unas horas, vuelves a tener hambre, entras en la tienda, te despides de tu dinero… No insistimos más, creemos que te haces una idea. No pierdas irreversiblemente tu salud porque las grandes multinacionales de producción alimentaria deseen ahorrar en costes. No pierdas tu salud simplemente porque pienses que no hay otra alternativa: la hay. Tus ancestros estaban vitales, libres de enfermedad cardiovascular, obesidad, hipertensión y diabetes. ¿Por qué? ¿Qué ha cambiado? El entorno en el que vivimos. La forma en la que nos alimentamos; recuerda, al ser una actividad absolutamente necesaria e indispensable para sobrevivir, todos debemos consumir alimentos. No se trata de una opción, por tanto, y tampoco lo ha sido para nuestros ancestros, a pesar de que mantenían un estado de salud óptimo y nosotros no. En NeoVitalitas te asesoraremos para que puedas tomar nuevamente las riendas de tu alimentación. Contacta con nosotros y descubre que, dentro de este egoísta sistema mercantil, diseñado exclusivamente para vender alimentos y obtener recompensa económica sin contemplación alguna por tu salud, sí existe una opción: la de elegir por ti mismo los componentes que se incorporarán a tu cuerpo y los que no, la decisión de vivir tu propia vida, lleno de energía y vitalidad.